Orphic
Orphic se despliega como un campo de nueve imágenes, reunidas dentro de una estricta composición cuadrada. Dentro de ese marco aparecen escenas que marcan nuestro tiempo: personas en tránsito constante, la guerra, un cementerio, aire contaminado, casquetes polares que se desmoronan, el vacío del espacio público durante el período de Covid y un vertedero de basura. Cada imagen se sostiene por sí misma, pero ninguna permanece inocente de forma aislada. Juntas forman una constelación de inquietud, pérdida y urgencia humana, como si el mundo no fuera narrado aquí, sino revelado en fragmentos.
En el centro se alza mi propia forma escultórica, modelada con la intención de hacer un molde a partir de ella. Sin embargo, en ese mismo proceso de fijación y preservación, la figura volvió a dañarse parcialmente. En la parte posterior, especialmente alrededor de la cabeza, los alambres y pequeños bloques que en otro momento sostenían la arcilla volvieron a hacerse visibles. Lo que debía permanecer oculto regresa a la superficie. Lo que antes servía de soporte aparece ahora como una cicatriz. Esto otorga a la figura una presencia particular: no como un objeto terminado, sino como algo que lleva su propia vulnerabilidad dentro de sí.
Aquí es donde, para mí, reside el núcleo de la obra. Los seres humanos aspiran a la forma, el orden, el progreso y el control, pero en ese mismo gesto dejan rastros de fractura por todas partes. El mundo que nos rodea lleva esas marcas: en la guerra y los residuos, en el deterioro ecológico, en el vacío y en una forma de vivir que parece estar siempre en movimiento sin llegar nunca realmente a ninguna parte. La figura central no ofrece una respuesta a esa condición, sino más bien un eco de ella. El cuerpo, o más precisamente la cabeza, aparece aquí como portador de una civilización que construye y desestabiliza al mismo tiempo.
Orphic se convierte así en una reflexión sobre la condición humana. Sobre lo que se vuelve visible cuando se rasga la superficie de las cosas. Sobre la frágil frontera entre crear y dañar, entre preservar y perder, entre presencia y decadencia. La obra no busca explicar. En cambio, mantiene la mirada sobre aquello que normalmente intentamos cubrir: los rastros de nuestras acciones, los restos de nuestro tiempo y la pregunta de qué deja finalmente la humanidad de sí misma.
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